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El desafío de la voz interior y exterior

Hubo un momento en el que yo no sabía que me gustaba escribir y creía que lo hacía realmente mal. De hecho mi caligrafía es conocida por todos los que la conocen como desastrosa, y utilizo este adjetivo sólo para ser bueno conmigo mismo. Además mi ortografía de adolescente era muy mala también, más de una vez algún amigo me soltó un “¡Qué burro!” por obviar alguna hache o por poner una C cuando debería haber puesto una S.

Resulta que en algún momento, gracias a la computadora, dejé de preocuparme por la caligrafía. Resulta que en algún momento, gracias a los sistemas de corrección, dejé de preocuparme por la ortografía. Y resulta que gracias a estas dos herramientas pude centrarme en lo que realmente quería hacer: escribir. Me di cuenta con el tiempo que saber escribir no se trata de tener linda letra ni de aprenderse todas las reglas ortográficas. Saber escribir es poder comunicar lo que uno realmente quiere expresar y eso no es una tarea sencilla. Al principio parece obvio que podemos hacerlo, que se trata siempre de las mismas palabras y que con simples combinaciones uno puede obtener un resultado con el que estar satisfecho y por sobre todo, algo con lo que hacerse entender con los demás. A priori incluso no pareciera muy distinto de hablar.

Resulta que en determinado momento empecé a leer. No fue en el colegio donde sólo leía por compromiso y para aprobar exámenes sobre textos que no me gustaban, fue varios años después. Con la lectura frecuente no sólo mejoré lentamente la ortografía y no sólo obtenía placer y emociones de los relatos de cada libro, sino que también empecé a interpretar la voz y el tono de cada autor. Estos términos, “la voz” y “el tono”, son términos que se utiliza justamente en literatura para referirse al modo en el que el autor se dirige a sus lectores.

Cuando uno lee a escritores importantes o a gente que escribe desde hace tiempo, al margen de gustarle o no lo que dice el texto, lo nota transparente, se nota que eso era exactamente lo que el autor quería comunicar y por lo tanto uno se conecta mucho más fácil y profundamente con lo escrito. El consejo que todos dan, incluso grandes autores, es que para encontrar la propia voz interior lo único que verdaderamente sirve es sencillamente escribir y escribir. Escribir mucho todos los días. Lo que seguramente estás pensando es, primero que no todos tienen tiempo para escribir todos los días y segundo para qué, ya que salvo que seas escritor o periodista no tiene mucho sentido.

La voz interior

Hace muchos años empecé algo así como un diario que más que relatar la cronología de mi día a día o de determinados hechos, lo que hacía (y hago) era volcar pensamientos profundos que de repente me surgían.

Recuerdo el primero de esos textos, y digo recuerdo porque lo perdí. Era una madrugada calurosa de diciembre, me sentía bastante mal porque estaba resfriado y en pocas horas debía ir a trabajar. En ese momento tenía 19 años y trabajaba en la empresa de mi familia, a pesar de las comodidades que eso representaba (a saber: podía llegar un poco más tarde si me sentía mal y además el local quedaba al lado de mi casa) estaba molesto y escribí “no entiendo cómo uno no puede enfermarse tranquilo por tener que ir a trabajar“. A pesar de haber perdido el documento, esa frase me quedó grabada y todavía me parece que expresa exactamente lo que pensaba, lo que sentía y lo que me estaba pasando en ese momento.

Era la primera vez que me sentaba a escribir por escribir, y a escribir desde mi propio yo y para mí mismo. Fue un desahogo importante. Y creo que en esa frase en particular encontré mi voz interior. Me di cuenta que uno puede expresarse sinceramente, y hacer sentir lo que se está viviendo. Descubrí que se puede comunicar efectivamente lo que uno piensa.

Pero por otra parte también estaba contento. En ese mismo texto, al principio y en su nudo, lo único que había eran críticas, quejas, y una lista interminable de cosas que no quería ser y que no quería repetir. Pero sobre el final del texto me auto-cuento lo que tenía pensado para el futuro. Quería cambiar, y la forma en la que lo haría sería escapando de todo para viajar en libertad.

A la distancia, siete años después, veo claramente que ese día me descubrí un poco más, que descubrí dos aspectos fundamentales de mi personalidad y mi temperamento. Desde siempre critico todo lo que se me cruza, y luego decido lo que verdaderamente quiero para mí en función de mi libertad. A pesar de que sólo tenia 19 años ya había viajado mucho, había conocido ciudades de 3 continentes distintos y sabía que esa actividad me encantaba así que decidí que esa sería mi herramienta de escape, viajar.

Cabe aclarar que antes de ponerme a escribir ya había tomado esa decisión. El texto fue mas bien una traducción, una confirmación de lo que había pensado y había hecho. Era visualizar que yo había cambiado, que había dado un giro de ciento ochenta grados y quería comunicármelo, grabarmelo. Fue como un contrato que firme conmigo mismo para enfocarme y no volver a perder el rumbo. Había llamado a mi novia y le había dicho que tenía pensado dejar todo y hacer un viaje por Latinoamérica en moto, de por lo menos un año. Le dije que yo lo iba a hacer sea como fuere y le pregunté si ella me quería acompañar. Su respuesta fue afirmativa y aunque partimos dos años después, desde ese mismo instante el viaje ya había comenzado.

El desafío

Esa noche descubrí mi Gen Libre, descubrí que hay opciones y que solo se trata de decidir lo que realmente uno quiere. Con ese primer texto comencé el desafío de poder comunicarme a mi mismo mis propios sentimientos, pensamientos y cambios. Ya llevo escritos varios libros privados en cientos de hojas digitales y fueron esas palabras las que me ayudaron a interpretarme a cada momento e incluso a la distancia.

Hoy, con esta primera entrada de mi nuevo proyecto empiezo un desafió nuevo, el de comunicarle lo mismo a los demás, de contarte a vos mis experiencias y reflexiones de una manera efectiva para poder aportarte valor.

 


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