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¿Por qué tenemos que dormir?

Tiempo de lectura: 5 minutos.

Siempre me disgusto la necesidad de dormir, simplemente siento que estoy perdiendo el tiempo. Muchas noches me pregunto qué es eso que tengo que hacer tan importante en vez de descansar. Por lo general sucede que la pregunta es tácita, son las tres de la madrugada, y en vez de elaborar una respuesta clara y única, me devienen pensamientos de los más variados y de la forma más caótica posible, algo así como un Big Bang cerebral.

Paso de detalles ínfimos del último proyecto en el que estoy trabajando a cuestiones existenciales. Abordo temas que me hacen dar vueltas de un lado a otro en la cama y que incrementan mi ansiedad a niveles insanos. Pero de repente me encuentro inmóvil, como si estuviera congelado, sintiendo a la perfección cómo retumba el corazón dentro de mi pecho, respondiendo al recuerdo de emociones especiales. Y al instante vuelvo a un pensamiento totalmente efímero, paso por una necesidad básica como tener sed, se me ocurre la mejor idea del mundo que me hará millonario o exitoso, invento diálogos en el aire, y me surge de imprevisto alguna que otra fantasía sexual.

Como decía, todo eso me pasa en mayor o menor medida casi todas las noches. Para mí irme a dormir no es tal cosa. Es primero pasar por una fase creativa, que me pasea por todo mi interior actual y que después sí, ya agotado de pensar e imaginar, pero sin quererlo aún y resistiéndome hasta el último momento, me relajo, cierro los ojos con fuerza y duermo.

Prácticamente nunca jamás sueño, o para decirlo con propiedad, nunca jamás me acuerdo de los sueños. Y es que para mí sueño bien despierto, el sueño que todos tienen en la fase REM, yo lo tengo antes, sobre el final de la vigilia antes de sumirme en el sueño profundo.

Sea como fuere, que sueñes despierto o dormido, que duermas mucho o poco, te acuestes tarde o temprano, te levantes tarde o temprano, que tengas insomnio, que te guste o no dormir, el dormir, la necesidad de dormir, es un castigo.

Y no lo digo yo, esto me lo reveló Hugo Mandeb, un tío lejano (que en realidad no era mi tío si no el de alguien más), mientras comíamos unos fideos fríos un domingo a las siete de la tarde.

“En un principio el hombre no dormía, no tenía la necesidad de dormir, y paralelamente en el universo tampoco existía la noche. Siempre, donde fuera que uno estaba había luz diurna. Los hombres de entonces vivían mucho más tiempo que nosotros, y no por el simple hecho de no tener que dormir, si no que realmente envejecían muy lentamente, lo que los llevaba a vivir cientos de años.

Con el paso de las generaciones, los hombres se volvieron más temerarios, motivados por la seguridad de sus extensas vidas y se volcaron a desafíos que hasta entonces no estaban en consideración de nadie y por lo tanto y lo que es lo mismo, estaban mal vistos.

Uno de esos desafíos era buscar el método para extender su juventud, lo cual lograron después de numerosas pruebas fallidas con desastrosas consecuencias. Con el tiempo, aquello que no era considerado natural, y que estaba visto como innecesario o fuera de lo común, paso a ser aceptado y algo normal entre los hombres de aquel entonces y todos estuvieron de acuerdo en extender su juventud un poco más.

Y fue así que hubo un momento en que la historia cambio para siempre. El deseo indomable de los hombres por buscar prolongara su juventud y por tanto la vida, llegó a límites insospechados. Llegaron a crear las costumbres más descaradas y a educar sobre las acciones más antinaturales que se podían pensar. El objetivo era la vida eterna.

Los dioses, que venían observando con desagrado el accionar de los temerarios hombres, no pudieron dejar pasar esta actitud tan desligada de la vida que ellos mismos les habían proporcionado. Mientras que el futuro en el que creían los hombres enaltecía la vida, ya que lo que buscaban era su eternidad, para los dioses en el presente, los hombres la estaban despreciando como nunca antes.

Y no solo no respetaban la vida que se les había dado, ni su debida duración, si no que paralelamente tampoco respetaban la muerte. Entonces los dioses, implacables, dispararon una maldición sobre todos los hombres sin dar ni una sola señal de advertencia.

Al inicio la maldición consistía en la necesidad de dormir, tan simple como eso. Cada determinada cantidad de tiempo y dependiendo de las acciones que hubieran estado realizando los hombres, les devenía como por arte de magia una sensación, mezcla de relajación con mareo y alucinación, que no podían controlar, y pasaban a recostarse y acomodarse o simplemente a dejarse caer rendidos. Con esto los dioses creyeron aplacar los fervorosos deseos de los hombres y darle así a sus pensamientos un descanso, que debería además aplacar su espíritu.

Al comienzo y durante mucho tiempo esta simple necesidad causó una gran confusión y un caos generalizado ya que la gente se desplomaba sin previo aviso, o se podía uno encontrar en cualquier momento con paisajes desolados y silenciosos llenos de cuerpos acostados. Pero también causo el efecto contrario al deseado por los dioses, porque los hombres vivían lo mismo pero ahora pasaban mucho tiempo de su vida teniendo que dormir, lo que los llevo a desesperarse y buscar con más tenacidad la vida eterna.

Con gran disgusto, los dioses se vieron obligados a tomar medidas más drásticas y severas para aplacar el deseo de la eternidad, que todos, del primero al último de los hombres poseía.

Y fue entonces que como primera norma le acortaron la longevidad varios cientos de años. Y como medida principal, crearon un momento que delimitase cuándo debían dormir todos los hombres, ayudándoles a organizar la necesidad de dormir para todos por igual.

La noche es desde entonces un momento de debilidad absoluta. Morimos por un rato para saber lo que nos espera, para respetar nuestra propia muerte. Mientras dormimos estamos indefensos, a merced de cualquiera, para recordarnos lo importante y efímera de nuestra propia vida. Cuando dormimos envejecemos sin piedad, no solo no podemos casi ni llegar a una centena de años, si no que un tercio de esos pocos años los tenemos condenados, todos por igual, a cumplir con nuestra necesidad de dormir. Todos los días morimos y volvemos a nacer, olvidando sistemáticamente y poco a poco lo que pasó el día anterior. Olvidando cada noche nuestro deseo de encontrar la eternidad y despertando cada día como si nada hubiera pasado, como si nada hubiéramos hecho y habría que volver a empezar.

Sin embargo esto que al principio funcionaba de maravilla para ambas partes, con el paso del tiempo y la desatención propia de los Dioses, tanto la necesidad como las costumbres fueron distorsionándose, manteniéndose en su esencia, pero alterándose de tantas formas como hombres en el mundo.”

Y es así como la explicación de mi tío Hugo Mandeb me hizo entender que la necesidad de dormir es un castigo y la noche, el momento donde los deseos más brutales se lanzan en el imaginario a lograr la eternidad antes de morir y volver a nacer.

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