Presiona ENTER para ver los resultados o ESC para cancelar.

Si no lo muevo nunca mas no me duele (Anatomía de un recuerdo)

Tiempo de lectura: 4 minutos

La del título, es la frase culmine de una anécdota de la familia de mi novia. Es una de esas anécdotas que se repiten hasta el hartazgo y que a pesar de eso siempre es respetada. Todos aquellos que la escuchan por primera vez quedan impresionados.

Básicamente la anécdota trata sobre un accidente que tuvo mi cuñada cuando era niña, por el cual se le dislocó el hombro. La llevaron como es lógico al hospital de niños a que le vuelvan al lugar el brazo. Pero como Lara (mi cuñada) sabia que la iban a tocar y le iba a doler, dijo entonces la frase celebre “Si no lo muevo nunca más no me duele”.

En ese momento prefería vivir con un brazo dislocado e inútil a sentir dolor. Un dolor que ella no podía saber por cuánto tiempo le iba a doler, pero aun ante la chance de que dure un segundo, prefería dejarlo todo como estaba.

Y es la frase y ese sentimiento que me hizo pensar que muchas veces hacemos lo mismo con los pensamientos.

Brazo vs. Recuerdo

Hay recuerdos de hechos, acciones o sensaciones, que se pueden comparar con el brazo dislocado de mi cuñada, aunque hay una diferencia importante y es que el brazo es fácilmente puesto en su lugar y se puede continuar con la vida normalmente, lo máximo a lo que puede aspirar ese hecho es a convertirse en una anécdota.

Pero yo me refiero al recuerdo que vuelve una y otra vez a nuestras mentes, incluso sin que los evoquemos, esos recuerdos que surgen de nuevo ante cosas a priori sin relación alguna. Y me refiero a recuerdos que de alguna manera nos hagan sentir mal, miserables, desdichados, desafortunados o cualquier otro tipo de sentimiento negativo que atente contra nuestro bienestar, nuestra autoestima o las ganas de vivir.

Y creo que esto sucede por creer que si no se mueve nunca más, no va a doler. A ver si me explico. El recuerdo que viene a nosotros y que nos angustia no es un movimiento voluntario para mitigar ese dolor. Que se entienda, que ese recuerdo, que nos despierta por la mañana o no nos deja dormir por la noche, es como el recuerdo que le produciría a cualquiera el dolor de un brazo dislocado cuando se lo quiso utilizar para mover una silla.

Si viviéramos con un brazo dislocado, y aunque intentáramos no moverlo nunca más para que no nos duela, sería inevitable que lo queramos usar instintivamente y por costumbre para hacer determinadas tareas o que algo o alguien más nos lo mueva, pero entonces la incomodidad y el dolor nos recordaran inevitablemente nuestra situación.

De la misma forma pasa con los recuerdos a los que me refiero. Podemos hacer de cuenta que mientras estén ahí y nadie los toque (o los sepa) no nos van a doler, pero de repente, en una cena con amigos, el recuerdo puede reflotar desde lo más profundo de nuestro ser y recordarnos todo lo mal que nos sentimos por ello.

Moverlo para siempre

Entonces lo mejor que se podemos hacer es solucionarlo. En el caso del brazo la acción se deduce fácilmente. Hay que ir al hospital a que un traumatólogo nos coloque el brazo en su lugar y fin de la historia.

En el caso de los recuerdos puede ser un poco mas complejo, pero la base es la misma, moverse.

Para todos aquellos casos que nos preocupen y ocupen nuestra mente de forma negativa es necesario moverse. Moverse en función de lo que sentimos y lo que queremos lograr. Por supuesto que una nueva acción va a traer nuevas consecuencias, y por supuesto que puede salir mal, pero no existe otra forma de comprobar si podemos sentirnos mejor con nosotros mismos sin hacer, sin movernos.

Estancarse en un recuerdo que nos lastima es comparable a auto flagelarse, a castigarnos diariamente por el mero hecho de sufrir. Todos tenemos en mayor o menor medida un lado masoquista, pero no podemos dejar que el dolor o la angustia se apoderen de nuestro ser y mucho menos que nos acompañe a lo largo de nuestra vida.

Entre lo dicho y lo hecho

A lo largo de nuestra vida buscamos definirnos como personas, quizás es una actividad que se nota más en la juventud, porque las personas mayores descansan (y no lo digo necesariamente en un buen sentido) en el pasado para tal fin.

Pero así como no creo que uno sea el mismo durante toda la vida, tampoco creo que nadie deba tener una definición. En lo que si creo es en los hechos y en lo hecho.

Las palabras pueden ser horribles o muy bonitas, pero las palabras como dice el dicho “se las lleva el viento” y no porque cuando las decimos no sean verdad, si no que son siempre pasado. Ni bien las terminamos de pronunciar se convierten en pasado. En cambio los hechos definen nuestro presente. Si un día decidimos empezar a estudiar psicología, nos encontraremos dos años después escuchando a un profesor hablarnos sobre Jean Piaget, y eso esta sucediendo por la decisión que tomamos anteriormente. Por eso, cuando dijimos “voy a estudiar psicología” si no lo acompañamos con la acción, con el movimiento, son palabras (y por lo tanto pensamientos) que quedan en la nada, que se convierten en pasado y mueren.

Los hechos no nos definen pero nos marcan y acompañan durante toda la vida. Por eso si un recuerdo nos hace ruido, no hay nada mejor que moverlo para que surjan hechos nuevos que nos ayuden a continuar por un camino mas claro.

Comentarios

Deja un comentario